Un lápiz contra el mundo

Esteban Podetti es un dibujante de historietas nacido en Buenos Aires en 1967. Esa información se puede leer en Wikipedia, aunque su blog dice que nació en un año indeterminado. ¿Importa el año en que nació un artista? En algunos casos, sí. En éste, no.
Lo importante es el contexto en que empezó a dibujar: fue hace casi veinte años, en plena década del `90, cuando en el país florecía la destrucción de toda industria, incluyendo la gráfica, y se germinaba la independencia editorial. En ese marco, Podetti empezó a dibujar en publicaciones como “Cerdos & Peces”, “Fierro”, “Sex Humor”, “Cóctel”, “El Lápiz Japonés”, el suplemento "Sí" de Clarín. Hacia mediados de la década del '90, la situación económica empezaba a empeorar y eso fue el disparador para la germinación de todo tipo de publicaciones alternativas. Así nació la revista fanzine "¡Suélteme!", que fue una especie de laboratorio experimental para el dibujante.
Aparte de la historieta, Podetti fue guionista de teatro y televisión y cantante del conjunto "Los Medallones Poderosos". Desde hace un par de años, dentro de la edición on-line de Clarín, lleva adelante un blog llamado "Yo contra el mundo”, donde a menudo postea y sube algunas historietas.
Actualmente, en la revista Barcelona hace “La embarazada mala”, y en el portal de Télam, junto a Diego Parés, hace “Chumbo, el hombre elefante”. Sus mejores trabajos gráficos se editaron en un libro llamado “Moriremos como Ratas”, y también editó lo mejor de su blog en otro libro, a principios de año.
En esta entrevista, Esteban Podetti deja que la pluma finísima de su pensamiento ensaye algunos trazos sobre la relación entre los dibujantes y sus empleadores, el mundo de la historieta en los años menemistas, la novela gráfica y los límites del humor.
¿Notás alguna influencia a la hora de trabajar en medios tan distintos como “Barcelona”, “Cerdos y Peces”, “Clarín” o “Télam”? ¿Existen condicionamientos según la lógica de cada medio, o realmente podés hacer “lo que se te de la gana”?
Nunca he recibido una bajada de línea ideológica de parte de ningún medio en el que haya trabajado. El único chiste que me censuraron era increíblemente tonto e inocente, y pocos meses después se publicó igual –por un tema de apuro- sin mayores problemas. Pero por supuesto también funciona la autocensura; a veces, porque uno supone lo que le va a ganar una puteada del patroncito (no poner chistes de coprofilia en la revista “Ser Padres Hoy”, por ejemplo), y a veces al revés, porque uno no quiere sentirse un chupamedias o ser demasiado complaciente con el lector de ese medio. Por otro lado, a veces el trabajo de humorista conspira contra la coherencia ideológica: no siempre el mejor chiste es el más acorde con la opinión política de uno, y hay que
evaluar si uno quiere ser fiel a la visión ideológica o a la humorística. Así que incluso “lo que a uno le da la gana” es más complicado de lo que parece...
¿Cómo era el mundo de la historieta argentina en la década del '90?
Como toda la industria argentina, el destino de la industria editorial fue catastrófico. Cerraron prácticamente todas las editoriales que publicaban en forma masiva, y las que no cerraron, entraron en la debacle. Pero esto fue hacia el final de la década. Al principio llegó a haber una especie de “mini-Edad Dorada”, donde las editoriales empezaron a competir para publicar no sólo a dibujantes consagrados sino a gente de mi generación. Hablo de revistas como “País Caníbal”, “Cóctel” y “El Tajo”, que publicaban al mismo tiempo que “Fierro” y las más tradicionales. No funcionaron muy bien, y a la “mini-Edad Dorada” le siguió una decadencia espantosa que culminó con el cierre de “Editorial de la Urraca”. Los dibujantes argentinos migraron su trabajo hacia Europa o USA, o a pequeñas secciones en revistas de perros o parapsicología.
Ya que hablamos de los '90, ¿cómo era el clima laboral en la redacción de “Cerdos y Peces”?
No tengo idea. Publiqué una sola vez en “Cerdos y Peces”, pero lo exhibo orgullosamente en mi currículum como mi primera publicación. La vez que fui a llevar mi material me encontré con un lugar completamente despoblado, como de gente con resaca. Me atendió un anciano en bufanda, notablemente deteriorado, que se rió bastante con una parodia de “La ola verde”, que es la que terminó publicando. Meses después me enteré de que el viejito ese era Enrique Symns.
En distintos debates apareciste como un defensor de la novela gráfica. ¿Cómo le explicarías a un lector analfabeto de qué se trata la novela gráfica?
Si es analfabeto habría que explicarle primero lo que es una novela. Y explicárselo verbalmente, porque el tipo no sabe leer. Después, le explicaría que es una novela contada con dibujitos (cosa que para el tipo sería un gran alivio), es decir, ni más ni menos que es exactamente lo mismo que una historieta, pero con otro nombre. Y el tipo me diría “¡Acabáramos, tanto problema para eso!”
¿Por qué pensás que algunos consideran a la historieta como “Arte Menor”?
Ah, a mí me gusta defender el estado de Arte Menor de la historieta, más que nada porque los intentos de “jerarquizarla” suelen ir para el lado de los tomates. Se intenta que sea una mezcla entre la literatura y la plástica, y no es ni una cosa ni la otra, ni tampoco una combinación. Además, más allá del lenguaje en sí, la historieta como arte comercial –es decir, donde además de la visión del autor intervienen decisiones editoriales, fechas de cierre, presiones para sacar material como chorizo, etcétera- ha dado artistas inmejorables: Robin Wood, Hergé, García Ferré y Jack Kirby. Es un arte nacido de la tensión entre el autor y el editor, entre la creación y la
economía, de la adrenalina de la fecha de entrega. Cosas que, por la desaparición del interés masivo en la historieta, cada vez existen menos, convirtiéndola en algo por amor al arte, para pocos, y en ediciones de lujo. No me gusta, aunque sé que es la tendencia.
Transitaste una época en que no eran tan masivas las computadoras y fuiste impulsor de uno de los primeros blogs masivos. ¿Cómo ves el fenómeno del mundo virtual aplicado al arte?
Todo suma, aunque a mi generación le cuesta aceptar que algo para ver en una computadora pueda ser superior al papel. Pero el cambio es inevitable. Lo más positivo es que el mundo virtual tiene la adrenalina que desapareció del mundo de la historieta de papel. Hay una sensación de urgencia por publicar en Internet, aunque no tiene que ver con la fecha de entrega que necesita una edición en papel, sino en la necesidad de que te vean antes que nadie, de ser el primero que haga un chiste “X” entre los millones y millones de usuarios del mundo. Una especie de presión deportiva. Me divierten bastante las historietas con los famosos “memes” de Internet, que están tomando la antorcha del espíritu de los fanzines bajo la consigna “cualquier pobre infeliz puede hacer una historieta”.
¿Hay límites en el humor?
Hace poco hubo una discusión agotadora sobre si el humor debe tener límites o no, si la misión del humor es quebrar los límites o no. Pero en realidad es una discusión ridícula, porque los límites existen siempre y –por casi obligatoriamente- el cruce de estos límites también. Lo que pasa es que no son los mismos para todo el mundo, varían de persona a persona, según el contexto, la forma y el momento; los escándalos se producen cuando hay un choque entre límites, entre lo que a mí me parece graciosísimo y lo que a vos te parece una falta de respeto lamentable, un horror, un insulto. Un problema limítrofe, digamos. Pero por otro lado, ¿cuántas veces nos reímos justamente de lo bestia que es un chiste? Nos reímos de algo que nosotros mismos pensamos y decimos “qué bestia, qué hijo de puta”. Así que sí, los hay, pero el humorista no debería quejarse de esto porque muchas veces la efectividad de un chiste depende de que justamente los haya.
¿Cómo ves el futuro?
Con una máquina, una máquina que tengo en mi casa. Lamentablemente, no puedo decir lo que veo; no quiero provocar pánico.
Publicado en suplemento Rastros año 2012








































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