La hija del príncipe
Me cuesta desprenderme de mis cosas. Si alguien limpia mi ropero, se puede encontrar con el tercer cajón lleno de casettes, un formato que no uso desde los 15 años. Una vez estaba ordenando y por curiosidad saqué un TDK D60 que tenía la grabación del disco “World Sinfonia”, de Al di Meola y Dino Saluzzi. Quise escucharlo y no tenía ganas de bajarlo de internet, por eso lo puse en el viejo equipo JVC que está en la cocina de mi casa. Lo disfruté hasta que en la mitad del tercer tema se produjo un corte abrupto. En el pasado alguien había tocado el botón rojo y sin querer grabó algo que sonaba en la radio:

*Y bueno, príncipe, no hay nada tuyo editado… ¿Por qué?
*Cuando volví a Uruguay, en 1985, todo el mundo estaba para otra cosa. La actitud era “estamos acá pero hacemos covers en inglés.” Yo volvía de Rio de Janeiro entusiasmado, pensando que podía hacer cosas, y me decían que vaya a probarme a Buenos Aires. “Yo soy de acá”, les decía. No voy a decir que quienes estaban a cargo del negocio subestimaban a los artistas locales. No lo voy a decir pero ya lo dije… (risas) En ese tiempo, yo me bancaba ir atrás de los tipos a llevarles la cinta y que me digan: “vení el lunes”, y que después digan “vení el otro lunes”, hasta que se me acabaron los lunes (…) No me importó, yo seguí haciendo maá temas y nunca puedo parar, esa es mi idea, seguir trabajando como si me estuvieran editando.
Lo que sonaba en ese casette era una entrevista al músico uruguayo Gustavo Pena, conocido como “El Príncipe”. Lo que más me llamó la atención fue cuando hablaba de seguir componiendo como si lo estuvieran editando. Me gusta cuando un músico tiene esa actitud. Así empecé a indagar en la obra de este misterioso compositor, poco difundido en su época y con un extenso repertorio, que lentamente va saliendo a la luz.
Y quien asume con orgullo la tarea de dar a conocer estas canciones es Eli U Pena, la hija de “El Príncipe”. Lo hace de dos maneras. Por un lado, trabajando en el archivo familiar, rescatando videos, entrevistas, grabaciones en casette, editando sus discos. Y además, cantando sus canciones, una tarea que hace de manera especial, porque con sus arreglos vocales enriquece el contenido de las mismas.
Gustavo Pena fue un músico uruguayo, que empezó a conocerse en el ambiente "under" de ese país a mitad de la década del '80. La diversidad de estilos musicales que componen el universo de sus canciones son inagotables: Jazz, Bossa Nova, Funk, Folk, Pop, Rock. A lo largo de su vida integró grupos como: “Feeling”, “The Harold Andersons Group”, “Capote”, “El Buraco Incivilizado”, “Las Gárgolas Venenosas”, “Autobombo”, “La Sin Fónica”. También compuso decenas de canciones, sin embargo, su único disco fue "La fuente de la juventud", grabado en 1991 en los estudios Panda de Buenos Aires, y editado recién 14 años más tarde, en el 2005. En el año 2002, “Ayuí / Tacuabé” editó "El recital", un disco en vivo que contó con la participación de “El Club de Tobi” como banda invitada. Gustavo Pena, “El Príncipe”, falleció en el 2004, a los 47 años. Justo cuando su música estaba siendo reconocida por una mayor cantidad de gente, cuando se presentaba en salas con más público, cuando era difundido en un ciclo de recitales de TV Ciudad conducido por Rubén Rada. La falta de material editado se debió a que su atención pasaba más por componer buenas canciones que por intentar comercializarlas, pero el contenido de las mismas hace que hoy hablemos de ellas. Por ejemplo, la canción “Pensamiento de caracol”, se hizo tan popular que la utilizan las maestras en los jardines de infantes en Uruguay.
Una importante camada de músicos y grupos pertenecientes a las nuevas generaciones, más abiertos y dispuestos a rescatar las obras valiosas de su país que por distintas razones habían sido ignoradas, se encargaron de interpretar y difundir sus canciones. Como ejemplo se puede citar a Ana Prada, Martín Buscaglia, Onda Vaga, La abuela Coca.
Y también Eli U Pena, que canta las canciones que heredó de su padre. En el 2008 grabó su primer disco, llamado “Creo en los elefantes”, con 12 canciones de “El Príncipe” cantadas por una nueva voz. Este diálogo es un puente para conocer el universo de Eli U, y también un pasaje hacia el compositor que fue su padre.
Llama la atención que cuando empezás un recital, siempre decís que venís a difundir la obra de un músico llamado “Gustavo Pena”. En ningún momento aclarás que es tu papaá. ¿Por qué?
Porque el que sabe, lo sabe, y el que no, lo descubre. Para mí, la bandera son esas canciones y lo que expreso es eso, pueden ser interpretadas por cualquiera. No las hago porque sean de mi papá.
¿Cómo empezó el tema musical en tu vida? ¿Siempre cantaste en un escenario?
La música siempre fue un ingrediente en la familia, un elemento presente, desde la rama materna o paterna, siempre nos vinculamos usando música como elemento de intercambio lúdico e interpersonal. La parte de la escena, subirme a un escenario y compartir, fue un año antes de que se muriera mi viejo, con un montón de músicos conocidos, alumnos, amigos, que hicieron una banda para homenajearlo. En ese momento dije “quiero cantar un tema” y terminé cantando 5 o 6, con un miedo impresionante. Al año siguiente, cuando mi padre desaparece físicamente, esa aparición cobra maá significado. Yo me acomodo a la idea de interpretar sus canciones como una forma de difundir su obra.
Antes de que se muera, ¿qué te provocaba la idea de subir a un escenario?
Nunca pensé en subir a un escenario, siempre canté y compuse cosas. Grabé con mi viejo, pero eso era parte de la intimidad del hogar, que tiempo después proyecté hacia un público desconocido. Una vez que mi padre muere, esa posibilidad se presentó porque sí, yo no me lo propuse.
¿Pero cómo se dió?
En esa época empezamos a tocar sus temas, con quien era mi compañero. Fue una forma de elaborar el duelo. De ahí se armó la banda. Hoy lo extraño muchísimo y para mi cantar esas canciones es conectarme con él, trasmitir su mensaje, que tiene que ver con él y conmigo. Yo me crié bajo esa cosmovisión, yo creo en esas letras y las siento profundamente.
¿En qué sentido te identificás con esas letras?
Como yo me crié con él, con su idea, yo respeto a los animales, respeto a las plantas, creo en Dios, esas cosas no me pasan por arriba, si bien los temas son de él yo creo en eso y no tengo que hacer un esfuerzo para ubicarlos en el interior de mi corazón, así se me facilita la tarea de intérprete.
A lo largo del tiempo, ¿sentís que se hicieron tuyas esas canciones?
Eso tiene que ver con esa tarea de intérprete. Nosotros tenemos que saber transmitir esa información que le vino al compositor de la mejor manera posible. Yo me considero una intérprete de esas canciones, y
como tal me siento comodísima, pero no me apropio de la obra, aunque sí la paso a través mío.
¿Qué creés que pensaría tu padre?
Él sabía que yo cuidaría mucho de su obra, sabía que me gustaba su música y que yo iba a encargarme de cuidarla.
Uno ve a “El Príncipe” en sus entrevistas y parecía un tipo muy familiar. ¿Cómo lo describirías desde lo cotidiano?
Para mí era muy familiar, porque era mi padre, y yo no puedo verlo desde otro lugar. A veces me preguntan, ¿qué significa para vos ser la hija de “El Príncipe”? Y yo en realidad no tuve otro padre para comparar. Mi padre fue él, el formato de padre tiene que ver con su figura, no puedo entenderlo de otro modo. Él era un tipo súper creativo, muy musical, con un alto astral, con una energía muy motora para todos. Si a vos te interesaba la música y tenías una maraca, ibas a su casa con una maraca y sentías que eras el mejor del mundo. Él entendía el lugar que tiene el arte en la sociedad, estaba consciente de su rol como artista y compositor, estaba concentrado en su tarea. Él compuso, compuso, compuso, compuso, compuso… de la misma manera hoy soy consciente de mi rol de intérprete y difusora de su obra. El día que murió, lloraba y decía: “¿quién va a cantar esas canciones hermosas?” Yo nunca me propuse hacer esto, simplemente se dio, dejé que pasara. Disfruto mucho de difundir un mensaje, que tiene que ver con él pero que también tiene que ver conmigo.
Publicado en suplemento Rastros año 2012








































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